Esta carta hermosa(y larga) la escribio María Antonieta a su cuñada
Madame Isabel, hermana del rey...
"Es a usted, hermana mía,
que yo escribo
por la última vez.
Acabo de ser condenada, no exactamente
a una muerte honrosa,
si no a la de los criminales,
pero tengo el consuelo de que voy a reunirme con
vuestro hermano, inocente como él,
yo espero mostrar la misma firmeza que él en
sus últimos momentos.
Estoy tranquila porque la conciencia
no tiene nada que
reprocharnos,
tengo un profundo dolor por abandonar
a mis pobres hijos,
usted
sabe que yo no vivo más que para ellos, y usted, mi buena y tierna hermana,
usted que por su amistad ha sacrificado todo por estar con nosotros, en qué
posición la dejo!
Me enteré por los alegatos mismos del proceso que mi hija ha
sido separada de usted,
¡Dios Mío!
A la pobre niña no me atrevo a escribirle,
ella no recibiría mi carta, ni siquiera sé si esta le llegará a usted,
reciba
por medio de ésta, para ellos dos
mi bendición.
Espero que un día,
ya que ellos
sean grandes,
se podrán reunir con usted, y recibir por entero las atenciones
de ellos,
que ellos piensen en mí
y que no deje yo de inspirarles,
que los
principios y el cumplimiento exacto de sus deberes sean
la base fundamental de
su vida,
que su amistad y su confianza mutua,
les sean venturosos, que mi hija
sienta que por su edad que tiene, debe ayudar siempre a su hermano por medio de
los consejos que la experiencia le habrá dado a ella más que a él y que la
amistad entre ambos lo puedan inspirar, que mi hijo a su vez,
le brinde a su
hermana todas las atenciones, los servicios que la amistad pueda inspirar, que
ellos sientan que,
en cualquier posición en la que
se puedan encontrar,
les
será verdaderamente de buenaventura,
que por su unión ellos tomen ejemplo de la
nuestra y también de nuestras desgracias, nuestra amistad nos ha dado consuelo,
y en la alegría nos ha traído
doblemente felicidad cuando uno puede encontrar
un amigo y
¿Dónde se pueden encontrar los mejores y lo más queridos que dentro
de su propia familia? Que mi hijo no olvide jamás las últimas palabras de su
padre, que yo le repito expresamente: “Que no busque jamás vengar nuestra
muerte”...
Me queda confiarle a usted mis últimos
pensamientos... Muero dentro de la Religión Católica, Apostólica y Romana, en
la religión de mis padres, en la cual fui educada y que siempre he practicado,
no teniendo ningún consuelo espiritual, ni siquiera he buscado si hay aquí
sacerdotes de esta religión, a los otros sacerdotes (constitucionales) si hay,
no les diré mucho. Pido sinceramente perdón a Dios por todas las faltas que yo
haya cometido en mi vida. Espero que en su bondad Él tendrá a bien recibir mis
últimos votos, ya que los hago después de mucho tiempo para que Él reciba mi
alma en Su misericordia y Su bondad.
Pido
perdón a todos aquellos
que conozco,
a usted, hermana mía, en particular, por
todas las penas que, sin querer, le haya podido causar, perdono a todos mis
enemigos el mal que me han hecho.
Aquí, digo adiós a mis tías y a todos
mis hermanos y hermanas, a mis amigos, la idea de estar separada para
siempre y sus penas son uno de los más grandes dolores que les doy al morir,
que ellos sepan, al menos, que justo hasta mi último momento yo pensaré en
ellos. Adiós, dulce y tierna hermana, espero que esta carta llegue a sus manos!
Piense siempre en mí, la abrazo con todo mi corazón al igual que a mis pobres y
amados hijos, ¡Dios Mío! Que doloroso es dejarlos para siempre. ¡Adiós, Adiós!
Me voy para ocuparme de mis deberes espirituales, pues como no soy dueña de mis
acciones, me acompañará un sacerdote (constitucional) pero yo protesto aquí que
no le diré una sola palabra y que lo trataré como a un absoluto extraño”